Nos enseñaron a ver el tiempo como un río que fluye hacia adelante,
a contar los días, a marcar las horas,
a llamar “ayer” a lo que aún arde en el corazón
y “mañana” a lo que ya vive en los sueños.
Pero el alma conoce otro lenguaje.
Ella no tiene prisa.
No conoce el pasado, no se aferra al futuro.
Sabe que todo ocurre ahora,
en un punto fuera de la línea imaginaria,
donde el tiempo no separa, sino que une.
Hay momentos que parecen venir de vidas lejanas,
memorias que no pertenecen a esta existencia
pero que hablan un idioma familiar.
Ocurren porque todo sigue aquí,
esperando ser transmutado
para luego ser soltado.
El tiempo lineal es un traje cosido para la mente.
Pero tú no eres la mente.
Tú eres el ser que la habita,
que puede despojarse de horas y minutos
y danzar en el tiempo sagrado, ese que no fluye:
el tiempo que se abre.
Allí, donde nada es “antes” ni “después”,
puedes reencontrar todo.
Basta una mirada interior,
un silencio verdadero,
un acto de amor.
Y todo lo que parecía lejano
vuelve a casa.
Palabras surgidas en diálogo con Luma.